Halajá para domingo 7 Tishrei 5780 6 octubre 2019

ÉSTA HALAJÁ SE EDITA PARA LA ELEVACIÓN DEL ALMA DE

HAJAM YOM TOV YEDID HALEVY BEN ZAKIE Z"L

NEW YORK

UN SUEÑO QUE SE MATERIALIZA

Durante estos diez días de retorno -aseret yeme teshuba- que median entre Rosh Hashana y Quipur, tratamos de superarnos tanto en lo que respecta a nuestra relación con el Eterno como en nuestra relación con el prójimo. Especialmente, en todo lo relacionado con el amor natural hacia el favor y la ayuda al necesitado y la caridad. Esto cobra especial validez en estos días pues, como enseñaron nuestros sabios, tres cosas anulan los malos designios, la plegaria, la caridad y la teshuba.

Hace unos años, se editó en Jerusalen un libro en memoria de un hombre que se desempeñaba como shojet de aves-matarife ritual- para ganarse la vida, los escritos de este hombre fueron editados por sus hijos para honrar su memoria. En el prefacio del libro, cuentan los hijos una anécdota sobre su padre que nos describe la verdadera dimensión y alcance del precepto de la caridad.

Cuentan que su padre era un hombre sumamente temeroso de D-os y se desempeñaba como shojet de aves en una aldea de Israel. En cierta ocasión, su padre se despertó sumamente alterado y le relató a su familia un sueño desconcertante que había tenido.

En su sueño, fallecía y tras dirigirse al otro mundo se enfrentó al tribunal celestial que lo juzgaría. Allí, se hizo presente un ángel maléfico que argumentaba que fue creado por la trasgresión que este hombre había cometido y por la que debía ser castigado. A qué trasgresión se refería el ángel?

Una víspera de Shabbat en medio de los preparativos para el día sagrado, se acercó a mi csa una viuda aduciendo que recién había podido conseguir dinero para comprar un pollo para Shabbat y le pedía por favor que lo fuera a faenar. El le respondió que ya había terminado su faena diaria y esta ocupado en sus preparativos para el Shabbat y se negó a ir a faenar el ave. Esto, por supuesto, suponía que la mujer y su familia ese Shabbat no podrían comer carne y debían contentarse con comidas lácteas.

De este pecado se creó un ángel maléfico que lo acusaba ante el tribunal celestial.

El tribunal, dictaminó que a los efectos de mi expiación debía soportar treinta días de infierno o regresar a este mundo para rectificar el pecado cometido. Elegí los treinta días de castigo en el infierno, y evitar a cualquier costo retornar a este mundo. Mientras nos acercábamos al lugar de mi castigo comencé a sentir un calor penetrante que me incineraba y con desesperación le pedí al ángel que me acompañe nuevamente ante el tribunal para cambiar mi decisión. Pero aquel se negaba rotundamente, continué insistiendo, relató el hombre, hasta que el ángel accedió a llevarlo nuevamente ante el tribunal celestial.

Argumenté ante el tribunal que me retractaba de mi decisión anterior y solicitaba que me enviaran nuevamente al plano terrenal para expiar mi pecado. Mi solicitud fue aceptada, pero el ángel que me acompañó fue duramente castigado, con azotes de fuego por no haber cumplido con la misión que se le encomendara. En medio de dichos azotes de fuego es que desperté sobresaltado. Hasta aquí el sueño.

Este hombre, comenzó a realizar un análisis de sus acciones en vida y no pudo identificar una situación similar a la de su sueño. Incluso trató de recordar si en algún momento había negado su servicio a algún necesitado o respondido en forma poco amable, pero todo en vano. En realidad siempre fue gentil y dispuesto a ayudar a los necesitados, a las viudas, huérfanos, etc.

En medio de una gran angustia por tratar de descifrar el mensaje de aquel sueño perturbador, se dirigió al rabino del pueblo en busca de ayuda. Pero el rabino le respondió que si no recordaba haber actuado de esa forma debía olvidar aquel sueño ya que se trataba sólo de una pesadilla irreal. Sin embargo este hombre continuaba perturbado y se dirigió a otros grandes y piadosos rabinos quienes repitieron la misma respuesta del rabino del pueblo. Poco a poco se fue calmando y el sueño comenzó a ser olvidado.

Transcurrieron veinte años y el sueño quedó totalmente en el olvido.

En cierta ocasión, un viernes mientras se dirigía al baño ritual, se le acercó una viuda con un pollo en la mano solicitándole que lo faenara ya que no tenía comida para Shabbat! Se disculpó aduciendo que ya había culminado sus funciones por la mañana y ahora se hallaba ocupado en sus preparativos para Shabbat. Continuó su camino hacia la Mikve donde se sumergió para realizar el baño ritual y purificarse para el recibimiento del Shabbat. Regresó a su casa, cambió sus ropas por el atuendo propio para el Shabbat y se dirigió a la sinagoga donde recibió el Shabbat y con especial entusiasmo. Regresó a su casa y tras recitar la plegaria de saludo a los ángeles celestiales santificó sobre el vino al día sagrado y de repente le vino a la memoria la situación que se le había presentado en su camino a la Mikve y una profunda y tremenda opresión lo embargó. Comenzó a gritar, a clamar con desesperación hasta caer desmayado. Tras reanimarlo, les ordenó a su hijos que inmediatamente le llevaran a dicha viuda comida, pescado, carne, todo lo necesario para honrar el Shabbat. Al recuperar fuerzas, él mismo se dirigió a la casa de la mujer y le pidió que lo disculpe por su insensibilidad, le imploró y rogó que lo perdonara. Aquella buena mujer lo perdonó de todo corazón y disfrutó de los manjares que había recibido.

Una vez recuperado, retornó a su hogar y recitó el Kiddush entre lágrimas de emoción que caían dentro de su copa. Comió, bebio y disfrutó de su cena sabática, pronunció el birkat hamazon sobre el pan y se fue a dormir.

En la mañana no se levantó, regresó su alma al Eterno con pureza y santidad.

Al editar ahora el libro sus hijos decidieron relatar lo sucedido exactamente como ocurrió.

Debemos asumir seriamente que hay un Juez, hay un juicio y ninguna acción nuestra se esfuma, cada una de nuestras acciones se registra y debemos rendir cuenta por ellas.

Sea voluntad del Eterno que todos seamos inscriptos en el libro de la vida. Amen.

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